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Kultursalon Madame Schoscha

La Carta de Barcelona [34]

Madame Schoscha (Barcelona) escribe a Francisco del Puerto (Buenos Aires)
Barcelona

Madame Schoscha reside en Barcelona desde hace un buen rato. Altobelli, su querido amigo, sigue  viviendo en Berlín. Los dos tienen sus propios tiempos. Y sin embargo en este mundo, sobre el cual se cuentan mutuamente. Se escriben cartas. Mes a mes vuela una carta desde Berlín o desde Barcelona enlazando las vivencias actuales de los remitentes. Como en el Salón Cultural Madame Schoscha, que tiene lugar regularmente en varias ciudades en Alemania, ambos intercambian sus aventuras en el arte y la vida cotidiana. De vez en cuando reaparecen personajes casi olvidados. Este mes Madame Schoscha contesta a un mensaje en una botella de un Francisco del Puerto que flotaba en marzo desde Buenos Aires a Barcelona.

Illustracione: Gastón Liberto

Deutsche Fassung hier lesen!

 

“A hundred million castaways, all looking for a home”

Pero bueno, bueno, bueno: Francisco del Puerto! Su carta en la botella encontró su camino y llegó a mi casa - qué locura. Nunca creí que íbamos a tener contacto otra vez en esta vida, y menos así! Tengo que admitirlo: una actuación fuera de serie la suya. Un salto de una torta no es nada en comparación.

Pero me imagino, ni Usted estaba seguro que ese mensaje iba a llegar a destino. Loquísima esa  ruta postal. Como si quisiera poner el corazón poético del mundo en la piedra de toque. Pero entonces, qué hacer con el resultado? O acaso no importaba que el mensaje llegase, solo tenía que ver con mandar palabras silenciosas al exterior, que tuviese mi persona como destinataria,  para quedar dentro de un margen – y el resto para el resto. La imagen de enviar mensajes encriptados al mundo encaja muy bien con Usted. Usted mismo siempre estaba protegido detrás de siete candados. Y con ello el secreto deseo, que un día alguien encontrase la llave, para facilitarle la llegada - una llegada que Usted mismo todavía no sabe, si la ansía o le huye.

Somos desconocidos
de isla
a  isla
pero al mediodia, cuando el mar
sube a nuestra cama
y el pasado
se escurre como una estela
en  nuestros talones
y la hierba marina muerta en la playa
se convierte en árboles dorados
ya  ninguna red de recuerdos
nos detiene
nos deslizamos
fuera,
y las demarcadas
rutas maritimas de los pescadores
y las cartas náuticas de profundidades
no valen más
para nosotros.

(Hilde Domin)

Su carta no llegó muy lejos, sólo unos kilómetros más abajo de la costa argentina, el mar escupió esa botella a la playa de Claromeco, el lugar de mis nostalgías. Allí, un trotamundos la encontró y por suerte fue tan romántico como para abrirla y leerla, y la llevó consigo en el gran viaje para buscar a esa Madame Schoscha en Berlín, y entregármela en una de sus próximas paradas. Gracias a nuestra moderna técnica informativa y las redes sociales.

En Berlín le dijeron que ahora vivo en Barcelona. Si, verdad: Barcelona! Ya que no podía ser Buenos Aires, intenté llegar a otra metrópolis a orillas del mar. Hasta ahora sin éxito. Después de su vuelta al mundo en 80 días, este Peter Pan tocó una tarde a mi puerta y me dio su mensaje, Francisco. ¿Se imagina? Abrí los ojos como platos. Bebiendo una copita en mi terraza el joven me contó donde encontró su mensaje y cómo es que lo trajo consigo. Le agradecí ofreciéndole mi casa para que pase unos días, hasta que una mañana, silenciosamente, partió otra vez al mundo. Quedó solamente mi gato de visita, enrollado en el calor de sus sábanas revueltas.

Querido del Puerto. Mi fotografía introspectiva después de recibir su carta: extinción cerebral. Y entonces, poc a poc, como se dice aquí, retazos de recuerdos de mi tiempo en Buenos Aires. Nuestro encuentro en esa librería de viejo. Nuestras charlas, que se esparcieron en nuestros días, como un cocinero espolvorea la sal sobre una rica comida. Me acuerdo de nuestras caminatas por los mercados de San Isidro y San Telmo, donde me convencieron que en Buenos Aires la gente baila tango en las calles. Pero para ganar dinero y no porque les da la gana, como les gusta creer a los turistas. O nuestros paseos por el cementerio de Recoleta. Delante de la tumba de Evita tomamos zumo fresco de naranja. O nuestras noches de vino en la Plaza Serrano, bajo del firmamento, las caras caldeadas, después de largas tardes bajo el sol en los parques de Palermo, observando a la gente que allí sí tomaban clases del tango al aire libre por puro placer. Me acuerdo de Claromeco, ese pueblito perdido de la costa argentina, donde devoré  pizza en un restaurante de un viejo lobo de mar y a mi alrededor, sobre la mesa desvencijada, los caracoles como un puño, que había recogido durante el día por las playas kilometricas y desiertas. En estos días la vastedad de Argentina se grabó en mi alma: un futuro sueño recurrente de un mundo que perdí en el camino. Me acuerdo de un sentimiento que nunca antes y nunca mas he vuelto a vivir: había llegado:

A la vastedad del Delta del Tigre, medida por nuestra mirada de la terraza del hotel “El Tropezón”, donde el poeta Lugones se suicidó tomando ácido cianhidrico con whisky. Nosotros tomamos mate con medialunas, como llaman allá a los croissantes, que lindo. O esa lágrima, que Usted me pidio en un bar en Olivos, un vaso de leche caliente con una lagrima de café, como me gusta a mí, y como no hay palabra para eso en Alemania. Ustedes encontraron sus propias palabras para todo. No solo por eso me enamoré en ese país y en su gente. Me enamoré esa única vez... “Los billetes, por favor!”

Faltó poco para que me quedase. Pero faltó la llegada en el lado opuesto: la llegada que coincidiera conmigo en el mismo punto. Cuando eché mi ancla en el puerto de Buenos Aires, sólo me encontré yo misma en la tierra firme: un mensaje en una botella que perdió su destinatario. Entonces, después de unos meses, me fui.

Hasta hoy me queda el sabor armago del mate en mi lengua, cuando escucho, digo, leo “Buenos Aires”. Estoy caminando debajo de los árboles de seda floridos en la Avenida 9. de Julio pasando por la estatua de Don Quijote. Hoy en día los dos se cruzan de nuevo en mi camino en Barcelona: Don Quijote y esos árboles. Como si fueran mi guía en esos días pasados.

Mentalmente estoy tomando cerveza en jarra en el Puerto Madero, o paseo en el barrio Olivos hacía al Río de la Plata, donde la levedad se materializa en una hoja de trébol entre los dedos de mi pie.

Me acuerdo de esa levedad, Francisco. Usted también la irradiaba. Toda la ciudad, todo el país estaba esperanzado. Néstor Kirchner era el nuevo presidente, la gran crisis argentina había atravesado su triste climax. Y por todos lados brillaba esa nueva confianza. Me acuerdo de esa sobreoferta cultural: en todas las plazas, en todos los parques, conciertos, eventos, festivales, muchas veces gratis para todos. Vi a Mercedes Sosa, Gustavo Cerati, La Mona Jiménezz, especialmente ese último era un espectáculo memorable.

Ese año también conocí a Washington Cucurto, la estrella literaria de Argentina, que en esos tiempos acababa de  fundar la editorial “Eloísa Cartonera”. Hasta hoy se puede comprar allí la mejor poesía contemporánea latinoamericana impresa en el papel reciclado que recolectan los sin techo, los cartoneros de Buenos Aires. Pero qué le voy a contar a Usted de esta editorial, si no la conociera Usted quién si no? Con sus pensamientos sobre la literatura en su última carta, evoqué un poema de Cucurto: “Que el lenguaje sea novia no inabordable // porque no tenés coche” (“La fotocopiadora”, en “Ragufeng”, edición tauland)

Volviendo a Argentina en 2003: Confianza en las autoridades la gente aun no tenía, pero esperanza, esperanza era el sentimiento que por todos lados estaba llegando a Buenos Aires. Que lástima, que ese sentimiento, como Usted escribe, esté cambiando ahora. Que con el nuevo gobierno (independientemente de los escándalos que el kirchnerismo también tuvo) empieza una nueva y preocupante era.

Usted me pregunta sobre nuestras crisis, sobre los problemas con los refugiados que en estos días ponen Europa a prueba. Le puedo contar un poquito de Cataluña actual: Hay movimiento en Barcelona ahora y la ciudad decidió este mes de marzo acoger a 500 refugiados en este momento y pronto 1.800 más y 5.000 más en los próximos dos años.

La nueva alcadesa de Barcelona Ada Colau coopera ahora con las islas Lampedusa y Lesbos “por la inactitud y la falta de respuestas de Europa referente a la crisis humana”. Barcelona ahora apoya a esas islas en todas las cuestiones referentes a la llegada de los refugiados allí. Están planeando lo mismo también para Melilla (ciudad española en Marruecos). “Barcelona – ciudad refugio” se llama esa nueva iniciativa de la alcadesa Ada Colau.

Al mismo tiempo leí “Kitsune”, el nuevo libro de la escritora alemana-iraní Sudabeh Mohafez  y su primer cuento “La casa rara” describe bastante bien la “casa europea” actual: los vecinos están observando una casa que parece que tiene sus propias reglas físicas: los pisos se encogen o se expanden, depende de quiénes y cuántas personas se encuentren allí. Hasta que un día, estos mismos vecinos observadores, se encuentran de repente en esa misma casa rara y mirando su casa anterior que quedó atrás:

Ivan enciende una vela. Lee en voz alta: Venimos de la gran ciudad. Hemos viajado toda la noche. Mamá trae una gran caja y cada uno de nosotros una valija pequeña, además del gran diccionario de nuestro padre, que nos lo pasamos unos a otros cuando nuestros brazos se cansan. El resto no lo escuchamos. Nos dormimos en el acto. Profundamente. (22) Ya no estamos  en nuestra habitación. Nos sorprendemos porque no sabemos cómo hemos llegado aquí ni dónde estamos. El piso es grande y agradable y el techo inclinado y huele a pino y aceite. Aquí hay dos ventanas. Miramos juntos desde una aventana hacia afuera [...] enfrente hay una casa, pequena y derrumbada. Tiene una única ventana desde la que no se ve luz alguna. […] Desde ahí vamos a observar detenidamente la vieja casa. En casas antiguas suelen pasar cosas raras. (Kitsune, Sudabeh Mohafez, edition azur)

Que libro más lindo, querido Francisco. Espero que pueda leerlo muy pronto en castellano (o que aprenda rápidamente alemán). Estas tres Micronovelas abordan de maneras distintas el tema “llegar” - o por lo menos de la posibilidad de llegar -, y ofrecen seductoramente al lector tantos niveles diferentes, que despiertan sus ganas de releerlas una y otra vez, para que le cuenten siempre una historia nueva. Hace mucho que no leía algo tan refinado.

Ahora mismo estoy leyendo “Las mujeres de La Principal” de Lluís Llach (por eso todavía no sé nada de “Frohburg”). Ese libro también trata del tema “llegar”: Tres mujeres de tres generaciones se emancipan de los imperativos de la sociedad y su familia, para calar en su propia vida. El libro de Llach estuvo meses en las listas españolas y catalanas de bestseller. Si eso expresa un valor adicional sobre la calidad literaria y sobre ese mismo libro, depende de cada uno.

Parece que este escritor catalán también hizo un viaje: de la música a la literatura. Alcanzó la fama como cantante y cantautor catalán de la “Nova Cançó”. Su canción “L `Estaca“, que escribió en el exilio en París, todavía es el himno de los independientistas de Cataluña. Después que Franco murió, Llach pudo en 1976 a dar conciertos nuevamente en Barcelona: Cuando entonó esa canción anteriormente prohibida, la gente comenzó a aplaudir tímidamente, pero poco tiempo después daban palmadas frenéticas y cantaron desde un mar de velas con él. Llach había regresado a Cataluña.

 

 

Querido Francisco, con esa carta le mando una página de ese libro de la Storni, que Usted nombró, con una rosa. Como lo quiere la antigua tradición catalana del patrón de Cataluña y de los amantes “Sant Jordi” el 23. de Abril: ese día venden en todas las calles libros, como símbolo de literatura y cultura, y rosas rojas como símbolo del amor. Por todos lados en la ciuadad la gente termina varada en estos puestos, para perderse en la una o la otra pasión.

Ahora que llego al final de esta carta lo pienso bien: estoy convencida que su mensaje en esa botella no fue la primera que Usted tiró en el mar en los últimos años.  Creo que muchas se fueron a viajar. Con este deseo encajado y atrapado en sí mismo allí adentro: nunca y acaso llegara a su destino. Le veo a Usted allí al viento y lanzar una tras otra al agua, poniendo su destino en las vías del mundo. Tiró detrás de mí su propia caja de Pandora en forma de botellas de vino antiguas, querido del Puerto. Porque soy la única que conoce su secreto. Y ahora, cuando su imposibilidad se hizo posible, cuando su juego de suerte infantil o quizás mejor infernal, se cumplió, ahora quiero ver qué va a hacer. ¿Que quiere Usted ahora de mí?

 

 

Quiero cerrar esa carta con Spinetta, que vi con Usted en vivo en Buenos Aires, uno de mis conciertos favoritos.  Nota bene: Después de Argentina nunca más llegué a ningún lugar. Soy ese mensaje en una botella, que el mundo no va a leer.

“Espero solo espero tu nombre
sobre mi nombre en este día“

Suya Madame Schoscha

PS: Voy a mandar una copia de nuestra correspondencia a mi íntimo amigo Altobelli en Berlin. Ustedes no se conocen, pero ese importante allegado también está esperando una carta mía. Así que entretanto no se aburre con la copía de nuestras cartas.

PPS: Adjunto una illustración del artista argentino Gastón Liberto, que Usted podría encontrar en Cordoba. Es un boceto inspirado en la portada de “Soda Stereo” de Gustavo Cerati.

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